La radio, esa hermosa y ciega mujer

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Cabina de INCIRadio con invitados con discapacidad visual
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Estimados hermanos colombianos. Hermanos, porque compartimos un mismo hábitat, que es la Tierra. Hermanos, porque somos hijos de una misma lengua.

Me propongo en este artículo loar ese mundo mágico que es la radio. Hay en una esquina del sudeste de España un pueblecito blanco, de calles empinadas, iglesia centenaria y almendros en flor que bien parece pintado con las acuarelas de un genio del pincel. Es Uleila. Uleila del Campo, al pie de la Sierra de los Filabres, en las faldas del Cerro de Monteagud, en cuya atalaya hermosea la imagen bonita de la Virgen de la Cabeza. Camina el caminante por esas tierras de Dios buscando el sigilo. Por la vieja carretera que asciende a la cúspide montañosa se adivinan eucaliptos de ramas que bailan y se agitan. Por allí deambula alguien, cerca de uno de esos cortijos abandonados que acarician la sierra, escalando con la lentitud y el sosiego del crepúsculo de la tarde y sobrepasando las curvas sinuosas y los barrancos de vértigo. Por allí, en el silencio solo interrumpido por la bella melodía de las aves que pueblan los cielos de Almería. Por allí se escucha un rumor. Un rumor que se acerca. El caminante advierte un ruido y se estremece. Se parapeta detrás de un eucalipto, en cuyo tronco han quedado grabadas fechas de enamorados. 

Es Antonio, Antonio el de Amalia, un viejito en silla de ruedas que escucha coplas. Suenan en su transistor gris unas letrillas de Juanito Valderrama. Alegres y tristes a la vez. Coplas del amor y del desamor. Antonio siempre mira al frente. Piensa el hombre en aquellos años jóvenes de trabajador emigrante en que la radio era su única compañía. Recuerda Antonio aquella canción dedicada a su hija por Radio Juventud de Almería cuando su chiquilla hizo la Primera Comunión y él estaba lejos, tan lejos. Con semblante nostálgico, evoca aquel gol de Marcelino que mitificó la narración deportiva radiofónica, aquel anuncio del Cola-Cao, aquellos carruseles de estribillos pegadizos, aquella mesa con enaguas en cuyo perímetro se acomodaba una familia entera para escuchar las radionovelas de voces claras que llenaron de emociones cada puesta de sol. 

Camina el caminante. Perdido el miedo a aquel rumor ininteligible, escondido tras un muro derruído, contempla el peregrinar de Antonio sierra arriba. Va solo. No hay coches en la vía. Han pasado ya las horas del paseo de los viejos que combaten el colesterol a base de caminatas. Va solo. Está solo, mas no se siente solo. La carretera es un sendero hacia la gloria. Un escenario idílico para la introspección. Es lugar de poetas tímidos, de locutores románticos y un poco lunáticos. Y ahí, en la pausa, en la paz del hombre, en la soledad buscada o encontrada, la radio se cuela por los pasadizos secretos de la Onda Media o por la frescura de la Frecuencia Modulada o por la interactividad y universalidad de un smartphone. Se cuela, sin pedir permiso, noble y atrevida a la sazón, porque es consciente de que hay personas que no tienen con quién ni de qué hablar. Se enciende sola, a riesgo de ser condenada al olvido, porque es sabedora de que su ritual de palabras, músicas, efectos y silencios es un lenguaje que satisface los instintos del alma sedienta de comunicación. 

¿Va solo Antonio? No, con él viajan millones de sonidos que interpretan lo que pasa ahí fuera con la rapidez que solo la radio es capaz de proporcionar al periodismo. Hay a su lado una mujer, que es la música, que le seduce y le transporta a mundos inimaginables en cuyos prados es posible sonreír, escapar de la melancolía, mirar al futuro con la esperanza de saber que todo tiene un sentido. Camina con él otra mujer, que es la palabra, tantas veces comedida y tantas otras ardiente, pero siempre compañera en el tren de la vida, en el tren de la radio. La palabra radiofónica, esa señora, siempre elegante, que es abrazo y es estrofa, que huye de la condena pero se muestra rebelde ante las injusticias. 

Ay la radio, mi Sancho, la radio que es Quijote, que recorre los campos polvorientos y machadianos de Castilla como aquellos caballeros andantes; que sueña con ínsulas y penínsulas; que anhela ser útil a los más débiles; que se pone la armadura y sale al encuentro de los gigantes con el ánimo de construir un mundo mejor; que nos enamora de las Dulcineas más sublimes; que se cae y se levanta ante la competencia de la televisión o de Internet; que, cuando se pone otra vez de pie, lo hace con más fuerza y con más porvenir. 

Ay la radio, mi Sancho, que nació como conductor de palabras para los barcos y pronto se hizo pobre y ciega. Sí, ciega. Ciega es la radio. La vemos, pero ella solo nos intuye. Nos toca el corazón, pero no nos puede ver. Mas su aparente discapacidad, su ceguera innata, fue, es y será su gen distintivo. Verdad es que no ve, y que, por no ver, la radio se ha esforzado en ser el medio de los sentimientos en el que la reina es la Palabra. ¿Te fías? Es palabra. Palabra de Radio. Nos la transmite un medio ciego, que camina a tientas, que no nos ve, al que no vemos. Sin embargo, oh contradicciones, ese medio es el más creíble, fiable y auténtico. Su discapacidad es una gran capacidad. Es pureza comunicativa. Nos fiamos de ella. La tenemos por amiga fiel. No pide nada a cambio. No vive de su imagen. Sortea los obstáculos de su discapacidad multiplicando sus capacidades. Está ahí, con sus coros, como el rumor del agua. Entra rauda por los oídos y nos estremece. Alfabetiza mediáticamente, evangeliza, empodera a personas con diversidad funcional, aligera las tristezas, ahuyenta los miedos de las viudas, agita los San Valentines de los adolescentes y sacude nuestro cerebro y nos obliga a pensar. 

La radio es ciega, claro, pero una señora ciega que ase su bastón con valentía; que cruza las calles, los barrios, los pueblos y los continentes con decisión; y que, lejos de sufrir el pánico de ser atropellada por las nuevas tecnologías de la información, se aferra a los brazos de la gente y les susurra diciendo: ¡Si me miras, nada verás. No te hace falta!

Viva Colombia y Viva la radio.  

*Juan Antonio Cortés Fuentes es Doctor en Periodismo de la Universidad Católica de Murcia (UCAM) y master en Dirección de Comunicación. Trabaja como periodista en Dipalme Radio, servicio público de radio de la Diputación de Almería (España). Ha trabajado y colaborado en medios de comunicación como Antena 3 Radio, La voz de Almería, Diario ideal, La crónica, y Radio televisión información.

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