La discriminación y la costumbre de dar un trato diferente

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Personas con discapacidad visual siendo guiadas en un museo
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Como Director General del Instituto Nacional para Ciegos-INCI, tuve la oportunidad de participar en la Sexta Reunión Ordinaria de la Red Iberoamericana de Organismos y Organizaciones contra la Discriminación –RIOOD.

Para este encuentro, llevé una presentación denominada ‘Lenguaje incluyente: una conquista de derechos’, con el fin de destacar la gran labor que viene realizando el INCI en los medios, en procura de un uso del lenguaje inclusivo como medio de garantizar la dignidad de las personas con discapacidad y lograr la garantía de sus derechos.

Por esto, en el INCI no se habla de discapacitado, sino de persona con discapacidad; no de cieguito, sino ciego; no decimos a la luz de, sino desde la perspectiva y no pedimos que nos discriminen la cuenta, sino que nos la detallen.

Sin embargo, estando en el foro, se conoció el caso de José López, más conocido como ‘don José’, el cantante aficionado al que no dejaron almorzar en un restaurante de Medellín, lo que ratifica que los prejuicios afectan a más gente de la que se cree: indígenas, afros, personas con discapacidad y abuelos campesinos, como el caso de don José, entre otros.

La  costumbre de dar un trato diferente y perjudicial a alguien a partir de ideas preconcebidas sobre su raza, religión, orientación política, identidad sexual, condición socioeconómica y para nuestro caso, condición de discapacidad, es casi tan vieja como el origen de lo que llamamos civilización. 

Sin embargo, esa costumbre de dar un trato diferente pasó de ser una mera costumbre a constituirse en el delito de discriminación; es más, ya está penalizada en nuestro país con la Ley 1752 de 2015.

Pero dar un trato diferente no significa que sea una práctica con la que se nace, por el contrario, es aprendida y puede combatirse. Son prejuicios destinados a someter a los demás y de cuyas consecuencias el mundo viene tomando conciencia para eliminar los imaginarios sociales negativos. 

Recordemos que en la Roma Antigua, los patricios, plebeyos y esclavos  fueron una forma típica de discriminación a partir de posiciones socioeconómicas dominantes. 
En nuestro país aún quedan vestigios de las capas sociales que impusieron los españoles, como los criollos, negros, indígenas y mulatos, siendo la versión adoptada en América Latina durante la colonización española.

El problema es que la costumbre de dar un trato diferente, que deriva en la discriminación, como la gripe, ha sabido mutar. Analicemos algunos ejemplos:

En el siglo XVI, una de las prácticas más excluyentes del planeta estaba sustentada en la discriminación a los africanos, a los cuales se traficaba como esclavos para obligarlos a trabajos forzados en las minas de oro de América. Hoy, el tráfico de personas está prohibido pero existe, incluso para trabajos forzados, además, hay un negocio global de trata de personas para la esclavitud sexual, mendicidad y hasta tráfico de órganos. 

Como ya lo he escrito en otras columnas, las bromas aparentemente inofensivas desde la cotidianidad tienen una carga de discriminación que tiende a reproducirse con facilidad, mujeres, habitantes de una región o país o personas con discapacidad, son algunas de las víctimas en estos casos. 

También encontramos las rencillas que terminan en peleas entre tribus urbanas o simpatizantes de equipos de fútbol, los repetidos casos de “usted no sabe quién soy yo”, pero a todo esto se le llama eufemísticamente violencia por intolerancia, como dicen las autoridades. 

El de don José es el caso del momento, pero no es el primer ejemplo de restricción al ingreso a sitios públicos por discriminación.  Esto no significa que falten normas para prevenir este tipo de conductas, el problema es lograr que se cumplan y probar que los actos denunciados en cada caso tenían la intención de  caracterizar negativamente a una persona o población.    

Lo paradójico es que este tipo de comportamientos de dar un trato diferente discriminatorio se presenten en un país en el que todos pertenecemos a una minoría afectada, que en realidad constituye todo el país, pues en Colombia más de 3 millones de personas tienen algún tipo de discapacidad, cerca de un millón y medio pertenecen a comunidades indígenas, más de 10 millones son afrodescendientes, hay casi cinco millones de personas mayores de 60 años, 20 millones de colombianos son pobres y 25 millones son mujeres.

En conclusión, desde el Instituto Nacional para Ciegos-INCI estamos trabajando para eliminar los estereotipos negativos hacia la discapacidad y para que no se repitan más casos como los de don José, con el fin de prevenir la discriminación contra los ciegos del país.

 

 Carlos Parra Dussan Director General Instituto Nacional para Ciegos - INCI

Autor:
Carlos Parra Dussan
Director General
Instituto Nacional para Ciegos - INCI