El encanto secreto de no ver

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Vivimos rodeados de cientos, de miles y de millones de personas con ojos que pueden ver, pero que, tristemente, no son capaces de sentir la belleza de un bosque con sus encantadores sonidos, la fuerza del mar con el rugido impetuoso de sus olas o la sensación espiritual que rodea un atardecer en silencio con sus inconfundibles sensaciones.

Explorar nuevos espacios con todas las posibilidades que nos da el cuerpo se vuelve sorprendente cuando se sabe aprovechar cada nueva experiencia. Y es entonces cuando viajar y conocer tiene sentido, aunque no se pueda ver.

¿Tiene sentido pararse frente a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o los extraordinarios paisajes del África cuando no se puede ver? Los seres humanos somos diversos y esa condición permite que nos complementemos de manera que, cuando encontramos con quién complementarlas, éstas tienden a desaparecer.

Sin proponérmelo, me acostumbré a acompañar a personas ciegas en viajes y actividades en tierras lejanas. Y desde mi experiencia puedo decir que hoy disfruto más describiendo y compartiendo lo que siento en los lugares que hemos visitado, que si hubiera estado solo.

Aprendí a respetar lo que cada quien vive desde su realidad. Cuando describo algo, sé que quien no ve o no oye percibe a su manera a través de mis ojos y mis palabras; a su manera lo ve y lo imagina, y por supuesto, a su manera lo siente.

Lo descubrí cuando de regreso a Colombia desde Chile, viajaba con un viejo amigo ciego y nuestra conversación se interrumpió cuando mis ojos se pegaron a la ventanilla para contemplar en silencio maravillado la belleza de los picos nevados y la profundidad encantadora de la majestuosa Cordillera de los Andes. Y fue entonces cuando me preguntó ¿qué ves?

¡Aquello era alucinante! El sol del atardecer se reflejaba sobre los picos nevados y la sombra de las montañas más altas caía sobre la nieve, dejando los picos despejados, que brillaban como espejos, haciendo saltar la luz del sol de pico en pico en la medida en que avanzábamos sobre ellos. Aquella vista despertó en mí una sensación de pequeñez, frente a la majestuosidad de la naturaleza…

Sin quitar la mirada de aquel encantador paisaje y sin pensar en lo que respondería, empecé a hablar con el sentimiento que me inspiraba esa mágica experiencia que me tenía completamente fascinado. Hablé todo el tiempo como si lo hiciera para mí mismo, y al terminar, mi amigo no hizo más que secarse las lágrimas y agradecerme por haberle permitido vivir la experiencia de volar sobre los Andes.

Cuando la emoción es compartida, esta se multiplica; lo digo con absoluta convicción, porque la vida me ha dado la oportunidad de compartir mi visión con quienes no ven o no ven y no oyen y disfrutar juntos de emociones que sé que solo, no las hubiera tenido.

La emoción de estar frente a la Torre Eiffel, de tocarla, vivirla, conocerla y compartir la sensación que produce su encanto con quien no puede verla; la experiencia de vivir el África, viajar 30 horas hasta Australia y reconocer sus paisajes, vivir la emoción de campeonatos internacionales de deporte para ciegos, describir la Estatua de la Libertad o la emoción de conocer la casa natal de Luis Braille y mucho más, no hubiera sido lo mismo para mí, si no hubiera tenido al lado con quien compartir el sentimiento que todo esto produjo en mí.

Si más personas ciegas descubrieran los encantos secretos de no ver cuando se tiene la experiencia de hacer turismo verdaderamente inclusivo, se volcarían a vivir más de estas experiencias sensoriales llenas de magia y encanto.

 

Fotografía, Enrique Efraín King

Autor:
Enrique Efraín King
Coordinador Centro Cultural INCI